Un accidente “de cualquier tipo” es una experiencia espantosa, ya sea, si es un descarrilamiento de tren, un choque de carros, o un accidente de avión. Pero probablemente – el accidente más aterrador de todos -- es un naufragio, debido a la “larga agonía” que los pasajeros y la tripulación tienen que sufrir.

Hechos 27 es el relato de uno de los naufragios más famosos en la historia – el del apóstol Pablo en camino a Roma. Es también, uno de los naufragios “más contados” -- y con más detalles -- que todos los naufragios de la historia antigua. Como Pablo había apelado al César… ¡él abordó un barco “como prisionero” con destino a Roma!

Él iba acompañado de Lucas y Aristarco. Era el fin del otoño -- demasiado tarde para viajar mar adentro. El mal clima haría que la navegación fuera tempestuosa. Pablo presentía el peligro que se avecinaba. Por eso alentó a la tripulación -- a que buscara un lugar seguro -- para pasar el invierno.

Sin embargo, los líderes de ese viaje no hicieron caso… ¡y siguieron adelante! En el camino, el barco se enfrentó a una tormenta terrible. La tripulación trató “valientemente” de hacerle frente a la tormenta, pero eventualmente, perdieron toda esperanza de salvar sus vidas, y de salvar el maltratado barco.

Hechos 27:31 dice quePablo le advirtió al centurión y a los soldados: Si abandonan el barco… ¡ustedes no podrán salvarse!

Pablo reunió a la tripulación y los alentó con dos promesas de Dios: (1) Que Dios le había garantizado “a él” una llegada segura a Roma; y (2) que todos aquellos que estaban navegando con él, serían protegidos de cualquier daño.

En este viaje “tan angustioso” podemos ver una gran verdad: Esta vida es complicada, confusa, y a veces, ¡hasta puede ser aterradora. De todas formas, ¡la voluntad de Dios se llevará a cabo, sea como sea!

Dios le había revelado a Pablo que el naufragio era inevitable. En efecto, el barco encalló y comenzó a romperse “justo enfrente” a la costa de Malta. A pesar “de que esta experiencia probó ser horrorosa”, los 276 soldados, marineros, y prisioneros abordo, pudieron nadar a tierra firme, sanos y salvos.

Una y otra vez -- durante esta experiencia tan terrible -- Pablo había proclamado su fe en Dios. Durante esta pesadilla en el mar, Dios demostró Su fidelidad y Su misericordia. Pablo les había dicho… Si abandonan el barco, ustedes no podrán salvarse.

Realmente pienso que estas palabras de Pablo – SON EL CORAZÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO -- para nosotras hoy en día. Hay momentos – “a lo mejor tú te encuentras en uno en esos momentos” -- cuando los vientos de tu vida están huracanados, las olas se están haciendo cada vez más altas, y tú te encuentras diciendo, “¡Yo me largo de aquí! ¡Ya no puedo más! ¡Voy abandonar el barco! ¡Ya no aguanto este matrimonio!”

O, ¡Ya no puedo aguantar a mis padres ni un minuto más!” ¡Adiós! Las tormentas vienen… ¡SI! y la tentación se nos presenta a todas nosotras “a abandonar el barco” cuando pensamos que hemos sido burladas o engañadas.

PAUSA

Sin embargo, quiero recordarles la historia de un hombre – que, realmente, tuvo razón de sentirse de esa manera – burlado y engañado. Su nombre era Jacob, y su historia comienza en Génesis 29. Jacob era joven, soltero, sin ataduras, y buscando una esposa. Al llegar a Padán Aram, Jacob encontró a un grupo de pastores deambulando alrededor de un pozo.

Como Jacob era muy trabajador -- no podía entender esto – hasta que vio a una bella pastora acercándose, trayendo su rebaño consigo. Inmediatamente, Jacob quitó la piedra que cubría el pozo, y le dijo galantemente, “Ven, y dale de beber a tu rebaño.” Ella lo hizo, él la besó, y luego lloró en voz alta. ¡Jacob se había enamorado!

Cuando Jacob descubrió “que esta bella muchacha” era la hija de su tío, él se dirigió al padre de ella, y le dijo que quería casarse con su hija. “Claro”, le dijo el tío Labán. Trabaja para mí por siete años… ¡y yo te la daré!” ¡Jacob aceptó feliz!

Y la Biblia dice, “que esos siete años” le parecieron pocos días a Jacob “por el gran amor que sentía por ella.” Y finalmente… ¡LA GRAN NOCHE DE BODAS LLEGÓ!

Jacob tomó a su amada novia – con velo de pies a cabeza, como era la costumbre judía – y la llevó a su carpa. A la mañana siguiente, cuando Jacob abrió los ojos, no podía creer lo que veía. No era Raquel -- con quien se había casado – sino con la hermana mayor… ¡con Lea!

Jacob salió furioso de su carpa, encontró a Labán, y le dijo, “Tú me engañaste!” “Lo siento, Jacob”, le dijo el tío, “pero nosotros tenemos una tradición, que la hija mayor debe de casarse “antes” que la hija menor. Por lo tanto, era necesario -- que Lea -- la hermana mayor de Raquel -- se casara primero. ¡Pero mira lo que voy hacer!

Trabaja siete años más, y te daré a Raquel también.” Ahora bien, si alguien tenía derecho a decir, “Tú me engañaste. Yo me largo de aquí…” ¡era Jacob!

Él podía haberle dicho a Lea, “Reconozco que nosotros hemos consumado el matrimonio… ¡SI!” ¡pero yo fui engañado! ¡Yo no sabía quién eras! ¡Yo estoy enamorado de Raquel! Ella es la que ha cautivado mi corazón. “¡Así que, yo me voy de aquí!”

Pero eso no es lo que Jacob hizo. Él aceptó la propuesta de Labán, ¡así que terminó con dos esposas! Y pasó el tiempo, y Lea comenzó a tener hijos. Raquel, no tenía ninguno. Así que le dice a Jacob. “Dame hijos, o moriré.”

Habiendo tenido tres hijos con Lea, Jacob sabía que no era su culpa. Le dijo, “¿Acaso soy Dios, que le ha impedido a tu vientre dar fruto?” Raquel contestó, “Entonces toma a mi sierva Bilá, ten relaciones con ella, y los hijos serán contados como nuestros. ¡Y Jacob lo hizo así!

Entonces Lea -- que había dejado de tener hijos -- hizo lo mismo. Le dijo a Jacob, “Toma a mi sierva Zilpa, y los hijos que ella tenga serán contados como nuestros.” El resultado “de estas cuatro mujeres” fueron los doce hijos que se convirtieron en las doce tribus de Israel.

Lo interesante de todo esto -- es que Raquel -- la que había dicho “Dame hijos, o moriré,” efectivamente, murió dando a luz a su hijo Benjamín. Jacob enterró “a la que era su verdadero amor” ¡en camino a Belén! Años después, Lea murió, y Jacob la enterró en Canaán, en un lugar llamado Macpela.

Ya anciano “en Génesis 49”, Jacob mismo estaba a punto de morir. Él llamó a sus hijos, y después de bendecir a cada uno, dijo, “Yo estoy por reunirme con mi pueblo. ¡Sepúltenme con mis padres! Cuando yo muera… ¡entiérrenme en Macpela, al lado de Lea.

¿Al lado de Lea? Uno pensaría que Jacob hubiera dicho, “Entiérrenme al lado de mi amada. Entiérrenme al lado de Raquel”. Pero eso no fue lo que dijo. Él dijo, “Entiérrenme en Macpela, al lado de Lea.” Jacob se había dado cuenta -- que era con Lea -- donde había estado la bendición, desde un principio.

Lo que él pensó que había sido un truco injusto, “fue en realidad” la mayor bendición en su vida, porque de Lea – no de Raquel, no de Bilá, no de Zilpa – vino Judá. Y de la tribu de Judá vino el Mesías, Jesucristo. Jesús nació a través de Lea, la que Jacob pensó que él tenía el derecho de abandonarla. Al final de su vida, Jacob dijo, “Lea había sido “la escogida” desde un principio. Quiero ser enterrado al lado de Lea.”

¡Así qué! ¡Esposa! puede que mires a tu esposo -- al hombre al lado tuyo -- y digas, “¡Fui engañada!” Éste no es el hombre que yo pensé que era.” O ¡Esposo! tú tal vez mires a la mujer “con quien te casaste”, y digas, “Ella no es la pasión de mi vida. ¡Nunca pensé que ella terminaría siendo así!

Quiero que sepas, “qué si tú abandonas el barco”, te perderás la bendición de dar a luz a Jesús “de forma sobrenatural, y maravillosa” porque no hay trucos en la vida de un hijo de Dios. O ¡Empleado! tú podrás mirar a tu jefe, y decir, “Cuando firmé ese contrato, yo no tenía idea que mi jefe sería un tarado. ¡No me importa lo que firmé!

Voy a buscar “algún detalle legal” para salirme de este contrato. ¡Yo voy abandonar el barco! Pero cuando pongas el lapicero en el papel, y firmes tu nombre, el Padre estará ahí. Para un hijo o hija de Dios… ¡no hay trucos! O ¡Adolescente! tú podrás mirar a tus padres, y decir, “Yo fui engañado. Dios no puede haber escogido “a esta gente” para que me criara.”

Quiero que sepas esto: “Tú no solo eres el hijo de tus padres – sino que eres el hijo del Rey. Dios, en Su sabiduría, los escogió para ti. ¡Y Él no comete errores! Pablo había dicho, Si abandonan el barco, ustedes no podrán salvarse. 32Entonces los soldados cortaron las amarras de la lancha y dejaron que ésta se perdiera.

El centurión, sabiendo cuan tentador “era para los marineros” darse por vencidos y abandonar el barco, ordenó que los soldados cortaran las amarras de la lancha salvavidas, para que no hubiera la posibilidad de escape. Sé que hay algunas de ustedes, que se estarán diciendo, “Yo no voy abandonar el barco. ¡NO!

Yo solo tengo la lancha salvavidas a mi lado, por si las moscas. Le voy a dar a mi esposo tres meses más, o dos semanas más, o un año más. Pero si tú tienes una opción de escape en tu mente… ¡te garantizo que terminarás usándola! ¿Si estás pensando en divorcio? ¡Terminarás divorciándote!”

Si estás pensando en otro hombre -- que quisieras tener como esposo, porque te sientes engañada por él que tienes – inevitablemente -- ¡lo abandonarás! Si estás pensando en cambiarte de trabajo -- aun cuando diste tu palabra – te perderás lo que pudiera haber sido. ¿Si estás pensando irte de tu casa, aun cuando Dios te tiene ahí, ¡tú nunca verás Su realidad!

¡Deshazte de la lancha salvavidas! ¡Corta las amarras!! Tú dices, “¡Ay, es muy fácil para ti decir eso! Tú no sabes la tormenta en que estoy. Tú no sabes cuan tremendamente está soplando el viento en mi vida, cuan violentamente están golpeando las olas. ¡Tú realmente no entiendes!” “¡Tienes razón! Yo no entiendo”.

¡PERO HAY UNO QUE SI ENTIENDE! Y Él te dice, “Confía en Mí. ¡No abandones el barco… ¡o todo se perderá! ¡Cristo vendrá a ti… ¡si tú no abandonas el barco!

No te preocupes acerca de los “marineros de la sociedad” -- que te están motivando para que rompas tus compromisos “abandonando el barco”, y dándote por vencida. ¡Corta las amarras! ¡Deja que el bote salvavidas se vaya al fondo del mar! ¡Quédate a bordo!

Y como Jacob, llegará el día en que mirarás hacia atrás, y dirás, “¡Entiérrenme al lado de Lea! ¡Es ahí donde la bendición ha estado, desde un principio!”