ORACIÓN EN TIEMPOS DIFÍCILES – Habacuc 3: 17-18

Mi amigo Gustavo cuenta la historia DE CUANDO ÉL VISITÓ UNA IGLESIA… en una zona agrícola del Canadá. Esta zona estaba pasando por una gran sequía. La situación económica de los agricultores era terrible. Pero a pesar de su pobreza, muchos de ellos seguían reuniéndose en la iglesia para adorar y alabar a Dios.

Gustavo se quedó realmente impresionado por el testimonio de uno de los agricultores, cuando se puso de pie, y citó el Libro de Habacuc 3:17-18,

“Aunque todavía no florece la higuera, ni hay uvas en los viñedos, ni hay tampoco aceitunas en los olivos, ni los campos han rendido sus cosechas; aunque no hay ovejas en los rediles ni vacas en los corrales, 18 yo me alegro por ti, Señor; ¡me regocijo en ti, Dios de mi salvación”!

Gustavo pensó, “Este hombre ha encontrado realmente el secreto de la verdadera alegría, ¡del verdadero gozo”!

No tiene nada de malo que nos gusten las cosas buenas que el dinero puede comprar. Pero no debemos confiar en ellas para que nos hagan felices. Si nuestra satisfacción depende de las posesiones materiales que tenemos, nos sentiremos destrozadas, si las perdemos.

Pero si nuestra alegría está en el Señor, nada puede destrozarnos, ¡ni siquiera una angustia económica! ¡Si! Aquellos que conocen y confían en el Señor pueden regocijarse -- aun en la pobreza.

Muchas de nosotras hemos escuchado a gente decir, ¿Ay, por qué le pasan cosas malas a la gente buena? Habacuc, en su conversación con Dios, le pregunta, ¿por qué le pasan cosas malas a la gente de Dios?

El libro de Habacuc fue escrito antes de la caída de Jerusalén (en el año 596 antes de Cristo), en la época en que Judá era gobernada por reyes malos, opresivos y violentos. En este libro, Dios le da a Habacuc una visión de la futura invasión de Babilonia, que Dios usaría para castigar a Judá.

El enemigo destruiría “los huertos de higos”, las viñas, los olivares y se llevarían sus ganados. Cuando Babilonia terminara con la tierra de Judá, no quedaría nada que valiera la pena. Las construcciones serían destruidas, los tesoros serían saqueados, y las haciendas y huertos serían devastados. La economía se arruinaría, y no habría motivo para cantar.

Sin embargo, Dios todavía estaría en Su trono, obrando “Sus propósitos divinos” para Su gente. Habacuc no podría alegrarse en sus circunstancias, pero si podía alegrarse en su Dios. Habacuc había visto injusticia y violencia, miseria, y el pecado alrededor suyo. Él había clamado a Dios para que lo ayudara, PERO NO HABIA RECIBIDO NINGUNA AYUDA.

A decir verdad, el Señor le dijo a Habacuc, que las cosas se pondrían peor – que Dios permitiría que los babilonios oprimieran a los israelitas aún más. Habacuc clamó, “Señor, ¿cómo dejas que esta gente se salga con la suya con toda esta maldad? ¿Por qué no haces algo al respecto?

Pero Dios no cambió la situación… como Habacuc le había pedido. El no expulsó a sus enemigos. Pero le reveló Su plan, que Dios, eventualmente, destruiría los planes de aquellos que confiaban en sí mismos, y que tenían éxito “solo” por la corrupción.

Cuando Dios le presentó a Habacuc el cuadro completo, y le habló acerca de la victoria que vendría, el profeta se sintió profundamente conmovido, e impresionado por la grandeza del Señor. Habacuc, eventualmente tomó la decisión de alegrarse en el Señor, aunque no se alegraba por la invasión que estaba por venir.

El profeta comprendió que la fe no siempre entiende los medios de Dios, pero confía en los motivos de Dios. Oswaldo Chambers dijo, “La fe es tener una confianza plena en el carácter de Dios, aunque no entienda Sus caminos en ese momento”.

Muchas veces, durante las dificultades, nos hacemos las preguntas incorrectas. En vez de preguntarte, ¿Cómo hago para deshacerme de este problema? Mas bien, necesitas preguntarte, “¿Qué puedo aprender de esta situación”?

¿Cómo pudo Habacuc cambiar? ¡POR MEDIO DE SU FE EN DIOS! El profeta sabía que el sufrimiento en las manos de un Dios amoroso podría traer gran bien. ¿Te está podando Dios a ti en estos momentos? La marca de una fe madura es la de regocijarse, aun en el dolor, porque confías en el Señor, de que tu futuro terminará siendo bueno.

Mi amiga María Elena estaba asistiendo a un estudio bíblico. Me da la impresión que ella nunca se olvidará de la pregunta que la maestra bíblica le hizo en aquel día. “María Elena, ¿Cuál sería el dolor más grande que pondría a prueba tu fe en Dios”?

El grupo estaba estudiando este pasaje de Habacuc, donde el profeta decía, que aun si Dios le mandara un gran sufrimiento, o la pérdida de un ser querido, él todavía se regocijaría en el Señor.

María Elena, que era una chica joven y soltera, respondió sinceramente: “Yo no sé si podría soportar el dolor de perder a mis padres”. Aun así, le prometió a Dios “en aquel día”, que cuando sus padres murieran, ella se regocijaría en el Señor.

En menos de un mes, María Elena se dio cuenta que era “más fácil decirlo”, ¡que hacerlo! Al poco tiempo su papá se enteró que tenía una seria enfermedad al corazón, y que no le daban mucho tiempo de vida.

Como su papá no conocía a Jesús, como su Salvador, María Elena le rogó a Dios que no lo dejara morir, sin haberse entregado a Cristo. No solo se murió su papá ese año, sino que su mamá también se murió. Aunque la mamá si era creyente.

Sin embargo, María Elena no sabía si su oración por su papá había sido contestada. ¡Por eso ella no podía regocijarse en el Señor! Ella se preguntaba si Dios habría escuchado su oración.

A lo que María Elena luchaba interiormente acerca de estas preguntas, ella escuchó al Señor en lo más profundo de su ser, a través del Salmo 46:1, Dios es tu amparo y fortaleza, tu pronto auxilio en todos los problemas. Y también encontró esperanza en la verdad de Génesis 18:25, ¿Acaso el Juez de toda la tierra no debe hacer lo que es justo?»

Hay momentos en que parece que todo alrededor nuestro se está cayendo a pedazos. Actividades en las cuales has invertido, pueden fracasar. La persona a la cual estas ministrando, te puede desilusionar. El negocio o la carrera, en la cual has trabajado” tan duramente para edificar” puede desmoronarse.

Estos tiempos, por muy difíciles que sean, son oportunidades para examinar lo que es realmente importante para ti. Habacuc había sido testigo del fracaso de muchas de las cosas que habían sido importantes para él.

Sin embargo, a través de las pérdidas, los fracasos y los desalientos, él pudo distinguir entre lo que era precioso para él, y lo que era solo transitorio y vacío. Y llegó al punto de poder decir, sinceramente, que aun si todo alrededor suyo fallara, ¡él todavía se regocijaría en Dios!

“Si la higuera no floreciera; si las viñas no dieran uvas, si las ovejas y las vacas dejaran de reproducirse, EL TODAVÍA ALABARÍA A DIOS. Aunque sería difícil ver a su mundo derrumbarse, ¡AUN ASI, ÉL ADORARIA A DIOS!

Habacuc no podía hacer que el árbol de higos produjera higos, ni podía controlar la reproducción de las vacas y ovejas, pero él si podía controlar su propia reacción hacia Dios. ¡Y EL ESCOGIÓ ALABAR A DIOS!

¿Se está desmoronando el mundo alrededor tuyo? ¡AUN ASI, TÚ PUEDES ALABAR A DIOS! Tu alabanza a Dios no depende del éxito de tus actividades, sino de la naturaleza de Dios, y Su amor y fidelidad hacia ti.

¡Pídele a Dios que te ayude a mirar más allá de las preocupaciones mundanas, ¡para que puedas entender todas las razones que tienes para alabarlo! Habacuc descubrió que Dios era su fortaleza, su canto, su júbilo, y su salvación. Con Dios a nuestro lado, ¡NO TENEMOS NADA QUE TEMER!


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© Fotografía por Nancy Galligan

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